Justo hace unos meses, luego de salir con un chico bastante interesante, caí en un círculo vicioso de fiestas y clubes. Sí, digo vicioso porque la rutina era: estudiar, trabajar, ir a un evento social, caerse a tragos, comer y acabar los trapos hasta la madrugada.
Y sí…
Me encantaban las fiestas y la vida nocturna. Parte de mi vida la pasé así: entre música, eventos, conciertos y noches interminables. Llegué, en algún momento, a detestar los días y amar las noches.
En fin, un día de despecho por una mentira que descubrí (despecho viejo), llamé a ese chico interesante que ahora era un muy buen amigo, para tomarnos unos tragos y que escuchara mi cantaleta de engañada.
Este chico era un personaje, pero habíamos congeniado y terminamos trabajando juntos en algunos eventos. Digamos que él también pasaba por una situación sentimental similar a la mía. En fin… me presenta a uno de sus mejores amigos. Este amigo, de nombre Dante, me encontró en un mar de lágrimas; empezamos a hablar…
Este amigo se enamoró de mí. Sí, de mi alma. Y desde esa noche —esa última y malvada noche en la que lloraba por todas esas tristes historias que había vivido— Dante se convirtió en mi mejor amigo, mi mejor ángel. Secó mis lágrimas, me dio grandes y divertidos consejos, vacilamos miles y miles de fiestas, conoció a mis amores, vio mi alma, entró a mi corazón, estuvo conmigo en buenas y malas. Vivimos juntos, discutimos, jugamos a ser felices, a ser actores, tramoyeros, divos. Aprendí a ser su amiga, su hermana; y que el vino con pasta puede curar un despecho.
Aprendí que el amor no es nada si no está lleno de amistad, y es que mi amor hacia él se transforma.
Amo a Dante y siempre será motivo de inspiración para mi alma.
Te fuiste muy pronto de mi lado (pero de lo bueno, poco).
Y sí, fue un “hasta que la muerte nos separe”… y nos separó físicamente, pero no en espíritu.
Nunca imaginé que con unas lágrimas te conocí y con unas lágrimas te despedí.
Para ti: Dante Parisi